lunes, marzo 14, 2011

Silencio


Yo no hablo nunca. Casi nunca. No me gusta. Y no porque no tenga nada para decir. Siempre tengo cosas para decir, pero no me gusta. A veces, cuando la gente está hablando prefiero escucharla y tal vez se cruzan ideas, frases, palabras en mi cabeza para aportar a la charla, pero me doy cuenta a tiempo que no es necesario. Que en ese caso la charla se extendería más y después del tercer intercambio de ideas, yo ya estaría fuera del tema, de la situación o del espacio.

A veces me gusta que la gente hable. Que diga cosas. Que ría fuerte. Otras veces quiero que se callen para siempre. No soporto la gente cuando habla. No soporto los ruidos. Hay ruidos que sí soporto. El del tren. La bocina del tren. El de un vaso roto en medio de una noche que ya no tiene remedio. La risa de un bebé temprano por la mañana cuando todo el mundo aún duerme.

Hay ruidos que no soporto. Los del teléfono. Los del timbre. Los de la bocina. Los crujidos que hace la araña cuando alguien las pisa. Las palomas. El aleteo de las gallinas. La música me gusta.

El ruido de la música. A veces fuerte, a veces baja, otras como silencio perpetuo. Me gusta que suene siempre. De fondo al movimiento del mundo. En momentos en que no debe sonar. Cuando todos callan. Cuando el enojo me estalla dentro del cuerpo y del tiempo. Cuando la tristeza me entumece. Y cuando estoy alegre. Me gusta el ruido de la música.

Por eso no hablo. Porque tengo muchas cosas para decir, pero no me gusta. Que otros hablen, que otros hagan ruidos, que otros toquen en la orquesta. El río está quieto, no quiere sonar. Yo no hablo.  

1 comentario:

Alice dijo...

... aunque no suene el río seguro que agua trae...