jueves, febrero 17, 2011

Baradero

El fin de semana pasado estuve en Baradero. Fuí a cubrir el festival de música popular que se hace ahí cada año. Nunca había ido y estaba muy entusiasmada. Sumado al entusiasmo de la primera vez, estaba la posibilidad de descansar, meterme en un pileta, tirarme al sol, tomar cerveza. Llegué el sábado después de una semana bastante difícil y antes del atardecer llegó la noticia: la policía había matado de tres tiros a un chico de 19 años. Rápidamente, me comuniqué con el diario y comencé la peregrinación tras algunos retazos de historia que me permitieran reconstruir qué había pasado con Lucas, el chico que la policía ultimó. Historia va, anécdota viene el relato salió, y surgió otra primera vez, la de la crónica policial. El fin de semana todavía me dura. La crónica del festival se transformó en otra cosa y el pretendido descanso devino en un agotamiento físico, psicológico y anímico. El muchachito había cumplido 19 años el día que el festival comenzaba, murió dos días después. "Lucas era gran persona, es lo único que tengo para decir", atinó a declarar otro chico, tal vez menor a Lucas. Tenía una gorrita blanca y los ojos colorados de la impotencia y el dolor. Recordé los días en mi trabajo del colectivo escuchando dolorosas anécdotas de chicos descuidados, también en ciudades bonaerenses. Pensé en la familia y el impacto de la noticia de que tu hijo, tu hermano, sobrino, primo, nieto fue asesinado de un balazo por la espalda. Pensé en los amigos, que son los que finalmente arman el perfil definitivo del que muere. Pensé en Lucas. Pensé en la desesperación de la Zanella 50 corriendo a toda velocidad, escapando de las balas, llegando a la casa de toda la vida a pedir auxilio. Y no puedo dejar de pensar en ese policía, ese animal armado. Entre las gomas quemadas en medio de la manifestación que los amigos del chico asesinado hicieron esa noche, había una chica, petisita, rubia con la mirada perdida. Se llamaba Sabrina, era la novia de Lucas, iban a cumplir un año. Estaba impactada, no soltaba una lágrima y contestaba nuestras preguntas como repasando de memoria el padre nuestro. Me fui porque más que interrogarla, tenía ganas de abrazarla. Más tarde, en el velorio la volví a ver, salía de estar con su novio, ahora en un cajón. Salió quebrada y se abrazó a un amigo. Me fui porque otra vez sentía ganas de abrazarla y abrazar a todos esos chicos que estaban llorando a Lucas. Me fui, la impotencia una vez más me había doblado las piernas. 

1 comentario:

Ariel dijo...

Por casualidad entré e tu blog y me gustó mucho, te invito a visitar el mío en http://amblalluna.blogspot.com/

Se me hace que tenemos muchas cosas comunes que compartir.