jueves, julio 16, 2015

Un cuento escondido


Había una vez un cuento tan chiquito que podía esconderse debajo de una pestaña. Cuando el ojo de la pestaña soltaba una lágrima de mar salado, dos lágrimas de mar salado, tres lágrimas de mar salado, el cuento se llenaba de barcos. En los barcos iban apilados, enredados, divertidos, enojados, desflecados, encantados, muchos marineros,
cocineros,
bailarinas,
mandarinas,
trompetistas,
gatos bigotudos,
loras charlatanas,
costureras,
tragafuegos,
peluqueras,
bebés, saltarines,
abuelitos, bicicletas, palmeras,
castillos, calesitas,
otros barcos y ananás.
¿Y qué más? Y ya está. En el cuento escondido no cabe nada más:
ni un ratón,
ni un poroto,
ni un gorgojo.
Entonces, los barcos se van lejos. Tan lejos que ya parecen granitos de arroz, semillas de amapola, polvillo de sol.
Porque este cuento está acabando de acabar,
con su mar,
con sus barcos,
con su sal.


Laura Devetach